Palabras de Bienvenida
Sociedad Dominicana de Neurología y Neurocirugía
Autoridades que nos honran con su presencia; distinguidos invitados nacionales e internacionales; representantes de nuestras instituciones; profesores y maestros de nuestra especialidad; queridos colegas neurólogos y neurocirujanos; residentes y jóvenes especialistas; representantes de la industria farmacéutica y tecnológica; amigos todos: Sean bienvenidos al XXXIV Congreso de la Sociedad Dominicana de Neurología y Neurocirugía, en esta ocasión, tenemos el honor de dedicar este Magno Evento al Dr. Pedro Pablo Díaz Vásquez, en reconocimiento a su destacada trayectoria profesional, sus valiosos aportes a la medicina dominicana y su compromiso con la formación y el desarrollo de médicos Neurocirujanos. Por sus méritos, dedicación y legado, reconocemos en él a un verdadero Maestro de la Medicina, cuya huella permanece en nuestra sociedad y en quienes han tenido el privilegio de compartir su camino.
Para mí, como presidente de esta Sociedad, es un privilegio y una gran responsabilidad recibirles esta noche. Este Congreso es mucho más que una reunión científica. Es el reflejo de una Sociedad viva: una Sociedad que estudia, enseña, cuestiona, evoluciona y quiere seguir construyendo. Por eso, quisiera comenzar hablando de la realidad que enfrentamos cada día, los desafíos que tenemos por delante y la responsabilidad que compartimos para transformarla.
Vivimos una época extraordinaria para la neurología y la neurocirugía. Contamos con herramientas diagnósticas cada vez más precisas y con posibilidades terapéuticas que, hasta hace pocos años, parecían inimaginables. La inteligencia artificial, la neuroimagen avanzada, la cirugía mínimamente invasiva, el neurointervencionismo, la medicina de precisión y las nuevas terapias farmacológicas han transformado profundamente nuestra manera de atender a los pacientes.
Sin embargo, existe una paradoja: Mientras la ciencia avanza a una velocidad extraordinaria, nuestros sistemas de salud no siempre avanzan al mismo ritmo.
Esa brecha la vivimos todos: el neurólogo en su consulta, el neurocirujano en el quirófano, el intensivista en la unidad de cuidados críticos, el neuro intervencionista en la sala de hemodinamia y el residente durante una guardia. Y, finalmente, la vive y la sufre el paciente. Contamos con médicos altamente capacitados, pero todavía enfrentamos limitaciones de infraestructura. Disponemos de tecnología avanzada, aunque no siempre está disponible donde más se necesita. Tenemos procedimientos capaces de cambiar el pronóstico de una persona, pero persisten barreras que retrasan el acceso oportuno al tratamiento. También contamos con medicamentos y terapias modernas cuyo acceso no siempre ocurre con la rapidez que exige una enfermedad neurológica. Muchos profesionales, además, deben dedicar una parte considerable de su tiempo a autorizaciones, procesos administrativos y dificultades que poco tienen que ver con el acto médico.
Tenemos que reconocer esta realidad, no para confrontar ni señalar culpables, sino porque solo podremos transformarla si somos capaces de verla con claridad y sobre todo denunciarlas. Nuestros hospitales son espacios de aprendizaje, escenarios de experiencia y lugares donde nuestros residentes se forman. Son, además, el punto de encuentro entre el conocimiento médico y las necesidades de nuestros pacientes. Sabemos, sin embargo, que existen diferencias importantes entre los distintos centros. Algunos han alcanzado niveles tecnológicos extraordinarios, mientras otros todavía luchan por obtener recursos básicos.
La neurología y la neurocirugía dominicana no pueden depender exclusivamente de esfuerzos individuales. Necesitamos redes de atención, protocolos comunes, coordinación efectiva y centros de referencias. El paciente no debería tener que preguntarse: “¿En qué hospital me van a atender?” Deberíamos aspirar a que pueda preguntarse: “¿Cuál es la mejor ruta para recibir atención médica?”. Ese es el verdadero sentido de un sistema de salud moderno.
Cuando hablamos del futuro, necesariamente tenemos que hablar de nuestros residentes y de la calidad de la formación que ofrecemos. La verdadera formación se mide por las competencias adquiridas, la calidad y el volumen de los casos, la exposición clínica, la supervisión, la investigación, la capacidad de tomar decisiones y la ética profesional. Formar un especialista es una responsabilidad social. Por eso, nuestras residencias deben contar con estándares claros, profesores comprometidos, acreditados y con las certificaciones universitarias de lugar, hospitales adecuados con los mecanismos de evaluación que garanticen que quien termina un programa está realmente preparado para ejercer.
Pero debemos ser claros: Una Especialidad o Subespecialidad no puede convertirse simplemente en un título. Al final del proceso no estamos formando únicamente médicos, Estamos formando a quienes mañana tendrán en sus manos la vida de nuestros pacientes. La SDNN debe ser una voz científica, profesional e institucional, capaz de participar en las conversaciones importantes del sistema de salud y contribuir responsablemente a construir mejores respuestas. Con esa visión, durante este año hemos querido llevar a nuestra Sociedad más allá de un Congreso anual. Hemos procurado que la SDNN esté presente durante todo el año como un espacio permanente de aprendizaje, intercambio y colaboración, mediante las jornadas científicas mensuales.
Como presidente, hay una pregunta que me hago con frecuencia: ¿Qué Sociedad queremos dejar cuando termine nuestra gestión? No quisiera que la respuesta fuera simplemente una lista de actividades, un Congreso exitoso o un calendario de jornadas científicas. Quisiera que pudiéramos decir que dejamos una Sociedad más unida, más institucional, más académica y respetada. Y, sobre todo, una Sociedad que entiende que su mayor fortaleza no está en una persona, sino en todos sus miembros. La SDNN no pertenece a su presidente, a su Junta Directiva ni a un grupo particular: pertenece a todos nosotros. Quienes asumimos responsabilidades en ella somos administradores temporales de una institución que recibimos de generaciones anteriores y que tenemos la obligación de entregar fortalecida a las nuevas generaciones.
Colegas: La neurología y la neurocirugía dominicana tienen grandes desafíos, pero también enormes oportunidades. Tenemos talento, jóvenes extraordinarios, especialistas con experiencia e instituciones que han demostrado que podemos alcanzar estándares internacionales. Tenemos tecnología y conocimiento. Y, sobre todo, tenemos algo que ninguna tecnología puede sustituir: la voluntad de servir.
Por lo que para convertir nuestras oportunidades en resultados positivos necesitamos trabajar juntos, puesto que el futuro de la neurología y la neurocirugía dominicanas no está escrito… lo estamos escribiendo nosotros. Hoy abrimos oficialmente nuestro XXXIV Congreso de la Sociedad Dominicana de Neurología y Neurocirugía.
Que sean días de ciencia, conocimiento, encuentro, amistad e inspiración!
Que viva la Sociedad Dominicana de Neurología y Neurocirugía y que sigamos construyendo juntos, con armonía, unión e integración, el futuro de la neurología y la neurocirugía de nuestro país.
Queda formalmente inaugurado el XXXIV Congreso de la Sociedad Dominicana de Neurología y Neurocirugía.
Muchas gracias y bienvenidos!